martes, 27 de enero de 2015

La periodista que no le ha temido a la realidad


La periodista y escritora Olga Behar visitó Armenia para invitar a estudiantes y jóvenes periodistas a desafiar los escritorios y ‘gastar la suela de sus zapatos’ enfrentándose a la realidad del país. 
Conversó con todos los que se acercaron a ella, demostrando su amabilidad, conocimiento y pasión por su profesión, dejando a más de uno entusiasmado por ese camino incierto que vendrá en sus vidas.
También narró las experiencias que ha enfrentado a lo largo de su carrera, que se ha distinguido por su valentía de decir la verdad sin importar las consecuencias, por su decisión de abrir caminos para las personas menos afortunadas y por el amor que le pone a conocer cada uno de los universos que se albergan en Colombia.


¿Cuáles son los desafíos del periodismo del siglo XXI?
Creo que los grandes desafíos tienen que ver con el contacto del periodista con la realidad. En el siglo XXI hemos tenido la facilidad y fortuna de contar con la internet y la conectividad que han cambiado el concepto de las audiencias, pero eso ha hecho también que los periodistas se vuelvan muy de escritorio e individualistas.
Los periodistas jóvenes están sentados en su escritorio, tiene a Google para buscar toda la información que les permita nutrir su artículo, por lo que han perdido ese contacto con la realidad y han perdido esa capacidad, que dice Alberto Salcedo Ramos, de hacer reportería hasta gastar la suela de los zapatos, ese es el gran reto.
En la universidad Santiago de Cali tenemos un proyecto con los estudiantes del énfasis de periodismo de resocialización de adolescentes delincuentes que viven en un centro de formación en Cali, y a través de eso estamos buscando sacarlos a ellos de ese círculo de la violencia, con indicadores de cómo los muchachos aprenden a autovalorarse, a descubrir sus potenciales y que no tienen que volver al barrio o a la pandilla a matar al que hizo que estuvieran ahí.
Desde el punto de vista de los estudiantes, retomamos los géneros periodísticos, hacemos el trabajo de acercarnos a esa realidad cruda de nuestra sociedad, de hablar con jóvenes sicarios que han cometido crímenes terribles y ver en ellos ese niño desvalido, que tuvo una infancia horrible, eso lo que le permite a nuestros jóvenes entender el porqué de la violencia.
Eso gastar la suela de los zapatos y es domar los miedos, enfrentarlos a un reto de vida, y ese joven que sale de la universidad no volverá a ser el mismo y aprenderá que el contacto con la realidad y estar inmerso en la sociedad va a diferenciarlo de ese periodismo de escritorio fácil de hacer hoy.

¿Cuáles eran los desafíos del periodismo del siglo XX? ¿Alguno quedó pendiente?
Los desafíos que teníamos en la segunda mitad del siglo XX se relacionaban más con el desafío de enfrentar al poder político. Yo, por ejemplo, trabajaba en televisión y un noticiero era de Pastrana, otro del hijo de Álvaro Gómez, otro de Julio César Turbay, entonces era desafiar ese poder político para poder decir la verdad.
Otro desafío era poder denunciar las violaciones a los derechos humanos, las torturas de los años 70 y 80. En los años 90 tuvimos que desafiar la muerte, porque paramilitares y narcotraficantes no se iban con contemplaciones y muchos periodistas se dedicaron a otra cosa o vivimos en el exilio. En la segunda mitad de los 80 y 90 desafiamos la muerte y eso nos llevó al siglo XXI. 

¿Cuál ha sido la experiencia más satisfactoria de su carrera?
Yo creo que conocer la realidad de mi país, que no ha sido una experiencia de un día o de una semana, es una experiencia de vida. Creo que conozco este país hasta la médula, tanto a los poderosos como a las víctimas, a las personas bellas anónimas. Conozco este país de cabo a rabo, desde la Amazonía hasta La Guajira y desde Cúcuta hasta el Chocó. Me lo he caminado, lo he andado en mula, en yegua, en chalupa y en avión presidencial.

¿Por qué será que Colombia tiene tantas historias para los periodistas? ¿O todos los países tienen lo mismo?
Yo me acuerdo mucho cuando me fui a vivir a Costa Rica. Pedí a Univisión que me trasladaran de Bogotá, y mi jefa, la vicepresidenta de noticias de Univisión, me dijo que había tres vacantes: Panamá, Venezuela y Costa Rica.
Venezuela era irme a vivir lo mismo que estaba viviendo aquí, era 1999; Panamá me parecía aburrido, y decidí irme para Costa Rica y mi jefa me dijo “Pero allá no pasa nada”, entonces le dije en todas partes pasa algo, es la creatividad que pueda tener el periodista para encontrarlo y logré hacer una corresponsalía muy entretenida.
En todos los países pasan cosas, pero por supuesto Colombia es un país de gente muy particular, hay regiones muy específicas; uno va a Valledupar y encuentra una realidad totalmente diferente a la que encuentra en Quibdó, diferente a la de Popayán y diferente a la de Inzá, Cauca. Tenemos población diferente en cada lugar y una dosis de locura que hace que hagamos unas cosas sensacionales, pero claro que el conflicto también produce mucho.

¿Qué la motivó a ser escritora?
Yo escribí desde mucho antes de ser periodista, mis primeros cuentos los escribí a los 14 años y luego el periodismo me atrapó, no lo atrapé yo a él, sino que el periodismo me secuestró, pero siempre lo he mantenido paralelo a la escritura. Ahora estoy enfocada en la escritura, porque ya no trabajo en medios de la vida cotidiana, eso es para gente joven. Siento que en este momento de mi vida me merezco dedicarme a dos cosas que me fascinan que son la docencia, formar nuevos periodistas, y hacer lo que me gusta, que es investigar para escribir.

¿Cuál es el libro que más ha disfrutado escribir?
Todos los he padecido, todos me han causado pesadillas, pero todos los he disfrutado intensamente. Cada uno ha sido muy importante en un momento y creo con satisfacción que han sido importantes para el país y es lo que me anima a seguir este oficio tan bello. 

¿Qué libros recomienda a los jóvenes periodistas?
Depende del perfil del periodista, pero recomiendo leer esas experiencias del ayer que muchos periodistas nos hemos dedicado a escribir, porque sé que eso les servirá muchísimo en sus carreras y en el futuro que les espera. 
*Entrevista publicada en La Crónica del Quindío y en cronicadelquindio.com 7 Abril 2014. Foto Jhon Jolmes Cardona.

domingo, 27 de julio de 2014

La tarde no acaba

Se quedó dormida a las seis de la mañana, con la primera luz del sol entrando por la ventana, y despertó cuando ya el cielo se veía naranja por el ocaso. Hacía mucho no dormía, sin parar, un tiempo tan prolongado, en el que solo se había despertado un par de veces, por culpa de esos sueños que hacen saltar el cuerpo sobre el colchón para volver a acomodarse.

Se levantó desubicada, dudando de la fecha, pero el calor inclemente que entraba por la ventana y las divisiones del piso la convencieron de que la semana no había pasado de largo frente a sus ojos cerrados.

Caminó un poco por el cuarto, con el cuerpo aún pesado por la falta de actividad y los ojos empañados por el sudor. En el espejo no se reconocía, quizá nunca había visto su cara tan marcada por la almohada o tan falta de expresión.

Recordó la fiesta de la calle 35 a la que había sido invitada por ese amante que siempre trataba de volver, que volvía, y que la atormentaba con la vergüenza que sentía cuando lo veía desnudo a su lado y se daba cuenta que había caído por enésima vez.

La duda y la decisión empezaron una batalla en su ombligo, mientras miraba de lejos sus cuatro pares de zapatos para ir a fiestas, y decidía cuál podría ponerse, si es que se arriesgaba a volver a verlo de lejos e ignorarlo como la mujer madura que se sentía cuando estaba sola en casa y hablaba con las paredes.

Quizá el agua fría de la ducha podría calmar el nudo que ya se la había subido a la garganta: el discurso de la tía feminista que le hablaba de la dignidad y el autoestima en la cabeza, y la poesía romántica que recitaba, dentro de su pecho, que siempre había una nueva oportunidad y que el amor todo lo vale y lo perdona.

El agua no estaba en el punto exacto, tenía una tibieza molesta, que se confundía con el vapor que salía de su piel acalorada al extremo. Cerraba los ojos y recordaba el agua helada de Helsinki, y los cuatro segundos al día que se exponía a ella en verano, cuando le jugaba esa broma al sistema de calefacción del baño.

Qué linda época, en la que todos los hombres eran interesantes, ninguno mejor que otro, ninguno la traumatizaba con una mirada, ninguno le rompía el corazón con una palabra. Todos eran iguales y para todos había besos y llamadas de despedida.

Retornó a ese baño tibio, en el que se debatía con la posibilidad de aceptar la invitación, de bailar sintiendo que alguien la mira, de hacerse la inalcanzable, y terminar en la silla trasera de un taxi con el mismo personaje que reaparece sin piedad en su calendario, causándole esa penosa resignación.

“Puedo hacerlo, soy fuerte”, dijo mirando su reflejo, mientras pintaba sus labios como quien se dispone a ir a una celebración improvisada. Se limpió la boca con una servilleta, “Es mejor ser sabio”, pensó mirando el piso.

En el reloj ya eran las 11:00 p.m., y en su celular no aparecía ninguna llamada insistente preguntando en dónde estaba, suplicando que llegara a la fiesta, indicando que hacía falta.

Qué triste era verse de esa manera, en medio de una confusión tan simple, que se asemeja al proceso de enterrarse una aguja para sacar una espina de la piel, en la que no se sabe qué incomoda más, qué duele más.

Después de mucho pensar, tomó la decisión de usar los zapatos número tres, de no pintarse la boca, de tomar solo ron con limón y de no aceptar bailar con tipos conocidos, en especial, con él.

Cogió un taxi que la llevó hasta la calle 35, a la antigua bodega conocida como ‘La Mancha’. Adentro estaban todas esas luces de neón que le recordaban el naranja que la despertó, había botellas de whiskey caro en cada mesa y unas pocas de ese ron que se había prometido. “El whiskey me vuelve fácil”, pensaba mientras saludaba con los ojos.

Pudo ver cómo, en el centro de la pista de baile, Clara se movía mucho más rápido que el son cubano que sonaba de fondo, era ahí que se daba cuenta que ninguna de las dos era de ese estilo ‘intelectual’, que últimamente todas las personas de su edad querían irradiar, entrecerrando los ojos y leyendo a escritores suicidas.

Su saludo amistoso lo esquivó el dedo índice señalándola y las palabras “Mucho cuidado”, ella sabía bien a qué se refería y también sabía que no podía preguntarle por él, porque no quería volver a escuchar el discurso que ella misma se había dado unas horas antes, mientras se probaba vestidos.

“¿Qué está tomando?”, le preguntó tratando de esquivar la molestia de saber que la mayoría de los presentes justificaban su presencia con motivos románticos. Clara le entregó un vaso de vodka, el cual bebió de un solo trago, olvidando su promesa de consumir únicamente ron y haciendo el esfuerzo de verse lo más natural posible, mientras nuevas parejas se acercaban a la pista de baile.

Desde lejos pudo ver en la otra esquina del salón a Víctor, el tipo que la hacía dormir en exceso para evitar el llanto. Se veía atractivo, característica que detestó en ese instante.

Hablaba y reía con una mujer que le agarraba la mano mientras movía la cabeza al ritmo de la música. Él empezó a mirar hacia los lados, como si buscara a alguien, cuando la encontró detrás de un vaso de whiskey que ella estaba bebiendo por la impresión de encontrarse con su destino nocturno.

Ella trató de disimular y caminó hacia la puerta, sabiendo que ya había provocado la reacción principal, que inconscientemente la habían llevado a ponerse ropa interior nueva.

Cuando cruzó la frontera entre el licor y el frío se quedó como detenida en el tiempo, con el cerebro arrepentido por no ser más ágil al decidir cómo comportarse y con los años pesados e inservibles, pues se sentía como la misma quinceañera que llevó serenata improvisada a un novio que la rechazó.

Víctor salió detrás a una velocidad que disminuyó al encontrársela de frente. Traía  dos vasos de whiskey, porque él conocía los efectos de la bebida escocesa en ella. La saludó fingiendo sorpresa, mientras que lo miraba con decepción, como si se estuviera viendo reflejada en un espejo.

“¿Dos tragos para uno?”, preguntó con sarcasmo.

“No, este es para ti”, contestó él con su mirada de tipo conquistador.

Ella recibió el vaso y empezó a beber sin quitarle los ojos de encima. De nuevo el espejo se repetía, ya que él tomaba del suyo con la misma expresión que ella sentía que tenía.

Sin saber cómo, ya estaba colgada de su cuello y pegada de sus labios, los dos vasos yacían en el piso, y él pasaba las manos por su cadera, la parte que ya conocía como sensible de su anatomía.

Llegaron a su casa. Todo parecía intacto tras su larga siesta, tanto que en la ventana quedaban rastros de la luz naranja del atardecer. Él empezó a desvestirse, se notaba que sabía a qué iba y cuánto tiempo se quedaría tras el acto; no trataba de convencer con palabras al oído, canciones sugerentes o besándola con los ojos cerrados.

Mientras tanto, ella sentía cómo el alcohol le había hecho efecto velozmente. Trataba de ver doble, pero solo veía al mismo hombre, que esta vez ni siquiera la tocaba para provocarla, como si pensara que el tenerlo allí dispuesto ya fuera suficiente motivación para caer otra vez en la resaca psicológica y en los pañuelos de papel.

Lo miró tirado en la cama, desnudo, con el espectro de una luz muriendo sobre su pecho; él la invitó a acompañarlo, con una sonrisa que le recordaba a Anthony Hopkins en  El Silencio de los Inocentes, como si el deseo se le estuviera evaporando ante la cordura.

“Cierra la puerta cuando salgas, yo me voy para la fiesta”, dijo ella, mientras se ajustaba el pantalón. Él la miró sorprendido y mareado por tener a ese sol de frente en medio de la noche.

“Pensé que querías que estuviéramos juntos”, contestó él, cubriendo con las sábanas su desnudez.

“No estamos juntos”, dijo, con una voz tan firme como su paso mientras dejaba la casa, aunque por dentro sintiera un aguacero de miedo.

Cerró la puerta y corrió espontáneamente hacia la calle principal, huyendo de un presente abrumante. Cuando ya le faltaban pocas calles se encontró con Emilio, que traía una botella de vino entre las manos.

“Hola, iba para tu casa. Quería celebrar la noche contigo”, dijo de una manera que le desarmó las rodillas, como si le estuviera ofreciendo el elixir contra el desamor.

Ella lo miró con agradecimiento, tratando de sacar la fina coquetería que había aprendido de su madre.

“Celebremos en tu casa, porque en la mía parece que la tarde no hubiera terminado, y a mí me gustan las madrugadas”.








martes, 27 de mayo de 2014

Incertidumbre en la sala de espera

Con pronóstico reservado se mantenía ayer Jimmy Mauricio Lugo García, el joven de 18 años que sufrió un impacto de bala el domingo pasado, horas después del partido entre Deportes Quindío y América de Cali.

En la sala de espera de la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital San Juan de Dios está Bibiana García Saavedra, su madre, quien expresó que hasta el momento la expectativa de vida de su hijo es casi nula.

Con la tristeza en sus ojos, pero con el rostro sereno, la mujer relató que su hijo se debate entre la vida y la muerte en este momento, después de haber decidido acompañar a sus amigos a un partido de fútbol, aunque ninguno de los dos equipos le despertara la pasión de la mayoría de personas en la tribuna.

Sin embargo, el problema no se presentó en el estadio Centenario ni en sus alrededores, sino en el barrio Santafe, donde Jimmy Mauricio y sus compañeros ingresaron a una tienda, con la intención de esconderse de algunos hombres que los perseguían en una moto, pero, antes de poder hacerlo, una bala en la cabeza lo sorprendió.

Narrar esta situación no es sencillo para doña Bibiana, sus lágrimas y las de sus acompañantes, que son familiares del muchacho, demuestran el enorme daño que logra hacer un artefacto pequeño, que rompe ilusiones y limita destinos.

Después del impacto, el joven herido fue trasladado al hospital departamental del Quindío, donde ingresó inmediatamente al quirófano. Allí, los médicos descubrieron que los delincuentes no habían logrado quitarle la vida, pero que su cerebro se encontraba destruido, terminando con las posibilidades de que Jimmy retome una vida normal, y aproximando, casi a centímetros, a la muerte que últimamente se pasea entre los asistentes a los partidos de fútbol.

De nuevo, la madre de cinco hijos, que hoy enfrenta la tragedia de estar a la espera del destino en esa sala de hospital, repite el parte médico que le han entregado: a su hijo no le pudieron extraer la bala, ya que esta se destruyó dentro de su cuerpo, al igual que su cerebro, por lo que solo retiraron esquirlas.

El adolescente tiene dos opciones, vivir parapléjico o morir, por lo que la mujer, quien quiebra en llanto, no duda en escoger la última, afirmando no hay justicia en enfrentar la vida sin todas las capacidades y oportunidades, como con las que gozaba Jimmy hace apenas cuatro días.

Muchachos se pasean por la sala, se acercan a doña Bibiana solicitando volver a ver a su amigo, el dolor aflora en la mirada de más de uno, mientras que ella, en silencio, espera el momento para volver a verlo, aunque sienta que no está ahí.

Al preguntarle por los agresores, y por la captura de uno de ellos, la madre indica que no le importa si son aprehendidos o no, pues no ve cómo ese acto pueda devolverle la calma a su vida, y la voz, la mirada y la alegría a su hijo, que hoy lucha dentro de una estabilidad que la obliga a estar sentada entre las paredes blancas que esta vez no son símbolo de paz.*

*Publicado en LA CRÓNICA/cronicadelquindio.com

lunes, 21 de abril de 2014

El adiós a mi maestro


Maestro, aún lloro su partida, es tan grande la marca que sus letras dejaron en mi memoria, que sentirlo lejos me deshace los ojos.

Gracias por haber decidido sentarse frente a un papel en blanco y dejar volar su imaginación, por ser el proyector que grabó imágenes de polvo naranja de la costa volando con el viento, por el gallo del coronel, la belleza de Remedios y la muerte de Santiago.

Gracias por inspirarme, porque si hoy le escribo es porque lo leí por primera vez a las doce años, porque su magia tocó mi realidad y esta añoranza de saberlo satisfecho y recompensado mueve mi pecho.

Gabo, qué alegría sentirlo mi compatriota, que orgullo haberlo conocido tan bien a través de montones de páginas en las que narró las mejores historias de mi vida, porque en cada frase usted fue tan tangible para mí, como la tinta que se graba en los libros, porque siento que fue mi amigo, porque me deja un ejemplo de vida y porque pude ser testigo de su genialidad, que será infinita, y que es todo un regalo para mi existencia.

Ese regalo me permitirá buscarlo cuando llegue a Macondo, cuando le pida que me lleve a conocer el hielo, esa materia tan común, que hoy es uno de sus más grandes legados.

Cuando yo llegue a Macondo, maestro, déjeme abrazarlo, déjeme darle las gracias, porque si hoy mi vida transcurre entre letras, historias y escrituras, es gracias a usted.

Maestro, gracias por vivir en esta época, porque puedo encontrarlo en sus palabras cada vez que consulte su obra. Gracias por escribir, por decidir emprender ese camino, por no ser médico ni abogado, ni contador.

Qué el cielo abrace eternamente su memoria, su imaginación que llegó a la mía, que iluminó a todos los que lo extrañamos, porque esta vida tiene gracia, gracias a los momentos que me dediqué a leerlo.

Gracias por ayudarme a comprender la vocación del amor, por mostrarme la vida de las letras, y por hacerme sentir orgullosa cada vez que alguien me pregunta si lo he leído. 

miércoles, 9 de enero de 2013

Cuando lea, recordará.


Todas las familias tienen múltiples historias, anécdotas, vivencias y recuerdos que brincan de vez en cuando en la memoria; leyendas de los miembros más antiguos, de esos tíos aguerridos y de los hermanos llorones, una herencia oral que pasa de generación en generación, así como el legado que no se cuenta, sino que se lleva sobre la cara, rasgos y maneras de hablar características de un apellido.

Una historia familiar hecha libro es el recomendado de esta semana, un recuerdo impreso que lleva como título una palabra antónima, ‘El olvido que seremos’ de Héctor Abad Faciolince.

Este es un testimonio de valentía. Un escritor que se atreve a volver a ser niño, a rememorar las costumbres católicas que tanto lo aburrían y el diablo al que le dejó de tener miedo, las cinco hermanitas que hacían que al referirse a ellos su mamá dijera “Niñas”, sus días de ir a la escuela sin ganas, sus primeras aventuras frente a una máquina de escribir y el argumento más profundo y sentido de todo este libro, el amor intenso hacia su padre y la violencia anónima de la que ha sido presa nuestro país.


Digo que esta es una narración valiente porque Abad Faciolince revive en cada una de las páginas un suceso importante de su vida, materializando sus ratos más alegres en palabras sobre el papel, pero también los instantes más dolorosos que marcaron su vida y su familia,  logrando que el personaje central, su progenitor, se convierta en una figura heroica por la pasión a su profesión, por ser padre y por el trágico final de su vida.


A medida que el lector va conociendo la historia, se hace fácil recordar a la par con el autor, darle imagen a cada palabra y rostro a los personajes, construir en la mente las edificaciones de ese Medellín de los años 60’s y, además, relacionar esas vivencias ajenas con las propias, notando que lo lírico también vive intrínseco en las experiencias personales, que todos tenemos algo que contar.

De esta manera, se hace público el amor por la presencia y el dolor por la ausencia apresurada de un padre, explicando cada detalle, reconstruyendo lo vivido de una forma magistral, haciendo sentir la emoción con la que, seguro, fue pulsada cada tecla al momento de escribir.

No temo el suponer que este relato fue escrito con un montón de fotos alrededor, enriquecidas por largas charlas con quienes aún no pasan a ser ese olvido que dicta el título, con revelaciones nocturnas, con lágrimas sobre el papel y música clásica de fondo; construyendo, con todos estos elementos, el escenario perfecto para evocar a ese hombre que pese a lo intacto que lo hace parecer cada párrafo, ya no podrá regresar de ese destino abrupto.

Sin embargo, este no es un libro triste, es el testimonio de una vida colmada de esos matices comunes de alegría y tristeza, de sonrisas y llanto, evidenciando la complejidad de ser uno mismo, de vivir entre los rituales católicos y la dulzura e irreverencia de un padre que siempre fue adversario de las costumbres más enraizadas, como la mano dura y los rezos constantes.

Al final, todos seremos una espiral de evocaciones, una esencia recurrente o escasa en la memoria de alguien, por esto, qué bueno es sentarse a repasar la vida, acordarse de gente y de momentos, o también, aprender a apreciar las memorias de otro, leer las manías de don Héctor, sus vacaciones en familia y todos esos detalles incluidos en un libro que hará que él no se convierta en un olvido, sino en un recuerdo colectivo.

Una historia de novatos.


Oliver tiene 38 años y su padre acaba de morir de cáncer. Es el momento de enfrentarse a la soledad y de seguir estático en una melancolía constante. Cuatro años antes de morir, a los 75, su padre admitió ser gay, y querer hacer algo al respecto. Es así como el presente y el pasado se entrecruzan en la película ‘Principiantes’ (‘Beginners’), de 2010, el recomendado de esta semana.

El director de esta cinta, Mike Mills, ofrece una historia repleta de flashbacks, los recuerdos del protagonista (Ewan McGregor) desde su infancia, hasta los últimos días de su padre. También nos deja ver la manera en que este personaje ve el mundo, representando su tristeza con dibujos espontáneos y reflexiones profundas acerca de su vida y de quienes lo rodean, las cuales son ejemplificadas con imágenes de la cotidianidad. Es así como la película se toma el trabajo de construir íntegramente a este personaje, consiguiendo que los espectadores reconozcamos quién es Oliver completamente.

Hal (Christopher Plummer), el padre de Oliver, es un hombre mayor, viudo, decidido a salir del closet, a “no ser gay sólo en teoría” y poder vivir libremente con una inclinación sexual escondida desde la adolescencia. Este personaje logra representar el deseo de querer expresarse y mostrarse cómo es en realidad, de disfrutar la vida y abrirse a un mundo lleno de variedad y en algunos casos, de extravagancia, que antes se encontraba restringido. La actuación de Plummer se ha considerado brillante, mereciendo así diversos galardones, entre ellos el Oscar 2011 a mejor actor de reparto.

Para terminar de complejizar la historia, está Ana (Mélanie Laurent), una actriz francesa, solitaria y atormentada por algunos fracasos amorosos, que se fija en Oliver, dándole un toque de romance a su vida tras el fallecimiento de Hal, permitiendo que evalúe sus propios miedos e identificando ese mismo sentimiento de amor en los recuerdos de su padre enamorado, por primera vez, de un hombre y en edad adulta.

Estas son las historias que hacen que ‘Principiantes’ sea  una sucesión de momentos dramáticos matizados con toques de gracia y humor poco evidente. Oliver queriendo madurar, inmerso en la depresión que provoca los cambios de la vida, con miedo de seguir y curiosidad por ver qué viene; a la vez, la vida presentándose frente a él, frente a quien vea esta película, con desparpajo, con remembranzas confusas y con ese delirio que trae la tristeza, el cual, visto desde afuera se vuelve gracioso, además de ciertos personajes secundarios que se encargan de adornar lo patético con frases frescas, como la cereza burlona sobre la falta de motivación para salir del dolor.

Una película meticulosamente editada, encarando un suceso que es poco explorado, el homosexualismo en la vejez, y haciendo de la melancolía un recurso y un modo de contar, porque está presente en las personalidades de los personajes, en la música y en el color de esta historia temeraria, sencilla y honesta que nunca deja de ser entretenida. Una cinta que, tal vez, no sea la mejor opción para quienes prefieren películas más rápidas y explosivas, pues ésta, sin caer en la lentitud, trata de ser analítica y de desmenuzar la emotividad, haciendo que éste sea un elemento extravagante y que puede darle pesadez a la historia en la perspectiva de algunos espectadores. 


La mayoría de las situaciones de la vida traen nuevos comienzos, instantes de sentirnos inexpertos en algo, de no saber qué viene o para dónde vamos, como enamorarse o tener que ver morir a alguien, sabiendo que cualquiera que sea la experiencia siempre dejará un recuerdo, un aprendizaje o una película para recomendar.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Sentada mirando hacia atrás.


Los días empezaron a verse grises. Cuando llovía, mis ojos llovían con el cielo; el famoso nudo en la garganta desarma más cuando amarra también al corazón, cuando todo el dolor se llora y se grita y, aún así, no se calma, no se apacigua.

Despertaba y su imagen estaba ahí, el dolor también. Aprendí que nunca antes había sentido tristeza o dolor real, eran una especie de simulacro del corazón, pero un dolor así es indeseable, es extremo, es como caer en picada contra un lago congelado, un punzón que rompe de adentro hacia afuera.

En esos momentos sentía como la vida se había ido para no volver, un adiós inesperado, un sentimiento compartido que se había ido de un solo lado, que se quedó medio y medio ya no puede vivir.

Lloré todo lo que no lloré nunca, un llanto inacabable, agotador, pero constante. Me pregunté por qué, sentí que todo estaba perdido, me sentí totalmente vacía, sin esperanzas de poder seguir, derrotada. Fui culpable, inocente, llena de miedo, valiente y desmedida. Nunca estuve tan perdida y tan lastimada, ya no quería seguir, no había fuerza; la felicidad decidió colgarse de un hombro masculino e irse con él, decidiéndose a no regresar.

Mi corazón y mi cerebro se dedicaron a analizar cada situación, a repensar las cosas, a trazar estrategias, a evaluar, pero sobretodo a aprender. Ninguna estrategia fue válida, ese camino ya estaba cerrado, el amor deberá regresar por un camino diferente y más largo. Aceptarlo fue difícil, aún seguía soñando con reencuentros, visualizando escenas de amor en mi mente, pero el tiempo se decidió a mostrarme que ya no había remedio, que debía darle libertad, dejar ser, dejar fluir y andar por una vía diferente a esa persona que me había dado tanto de si mismo, hacerme a un lado y buscar mi propio rumbo.

Es sorprendente como todos, a la final, terminaremos siendo un recuerdo,  las sonrisas, los instantes y la complicidad que tuve con ese ser ‘ideal’ ahora sólo vive en mi memoria, en el pasado. A veces esa imagen se materializa en lugares comunes, con la mirada esquiva y el saludo forzoso y aunque se ve igual, ya no está ahí, esa esencia ya no vive más, también se fue. Yo me siento a mirar desde esa distancia física e imaginaria, desde el balcón del agradecimiento y del adiós, a ese hombre que alguna vez me hizo tan feliz, es gracioso ver como todo se evaporó y también, la manera tan perfecta en que mi tacto memorizó la textura de su cara, el recuerdo exacto de su forma de caminar, de su risa y de su forma de hablar.

Todavía siento nostalgia al recordar esa experiencia, porque fue magnífica. Crecí tanto, son los retos los que moldean el carácter, los que nos dan las lecciones más sabias, amar y olvidar son dos vivencias que me han hecho ser mejor, que me han enseñado que la felicidad existe y que estar triste no vale la pena, que nada es para siempre y que todo hay que disfrutarlo. Siempre hay que tener la certeza de dejar un recuerdo feliz, una remembranza que sea un tesoro en la vejez. Sé que me falta mucho por aprender y por eso la vida traerá más sorpresas, más amores y más llantos, más textos iguales a este y más saludos de extraños que alguna vez fueron los más conocidos.

La prueba no ha sido superada en su totalidad, pero la vida se encarga siempre de que me sienta mucho más fuerte, de mostrarme la fortuna de vivir con la comprensión, la calidez , la ternura y la rudeza de quienes desean seguir recorriendo la vida a mi lado y sus palabras que me hacen despertar, pensar y sonreír; la fortuna que no sé en que línea de mi mano se marque, pero que la siento presente en mi futuro, el regalo de vivir, el regalo de amar, de sufrir, de aprender y de seguir de pie esperando con un abrazo lo que venga. Gracias.

sábado, 27 de octubre de 2012

Oyéndolo a él para escribir sobre 'ellas'.



La mujer ha sido y es definida todos los días, desde un principio, sin importar su género, el gusto o la opinión que se tenga de ella. Desde Eva, la tentadora, coqueta y primera pecadora de la Biblia, hasta las reinas de belleza, las monjas, las rompecorazones y las sumisas; las mujeres logramos despertar odios y amores, inspiramos películas, poemas, canciones e incluso álbumes completos. Este es el caso de Fito Páez, de su vida acompañada por féminas que lo han hecho divagar letras románticas sobre el papel, ratos de locura sobre el piano y una confesión en vivo grabada en un disco llamado ‘Mi vida con ellas’. 

Este es un álbum doble y recopilatorio, nutrido con canciones clásicas del argentino y otras menos conocidas. Al ser agrupadas bajo un título tan llamativo y personal hace que las letras y las melodías se tomen más en serio, que se conviertan en una historia de vida, en experiencias hechas disco, que además es ilustrado por dos fotos del intérprete y compositor rodeado de chicas en traje de cabaret, todas ellas, mujeres que lo inspiraron.

Cada canción incluida en este álbum evoca ciertos sentimientos, los cuales son revelados con cada palabra dicha, con la forma en que se canta a gritos o susurrando, por la melodía y su intensidad, y a la final por la manera en que incita a quienes lo oyen, a recordar su pasado o a relacionar los temas con su presente, trayendo de nuevo a la memoria a esa o ese que tal vez nunca ha salido, al ser infame que hizo llorar o a la persona maravillosa que abraza y hace reír.

El primero de los dos discos abre con la canción ‘Lo que el viento nunca se llevó’, un tema de letra elaborada, rápida y alegre. Una canción de amor, que trata de palpar con cada una de sus estrofas el elemento más real de este sentimiento, el fin; mostrando a un Fito enamorado y consciente de que después del final del amor quedará algo que el viento nunca se llevará.

Además de la anterior, ‘Mi vida con ellas 1’ contiene muchas canciones que son insignia de la carrera de Páez y logran hablar del buen amor, como ‘El amor después del amor’, ‘Dar es dar’ y ‘Un vestido y un amor’, las cuales son coreadas por el público presente y generan ese tarareo instantáneo para quienes conocemos sus letras.

Pero así como el amor se puede presentar en forma de mujer y en forma de canción; la furia y los recuerdos de la soledad son también retenidos en varios temas de esta parte del álbum, como en ‘Al lado del camino’ donde la tormenta, las resacas y una infancia difícil, se hace presente en la mayor parte de la letra, pero  en el último trozo de la canción, “…dormirte cada noche entre mis brazos…” se devuelve esa dulzura que aplaca toda esa rebeldía y nostalgia sacada casi a gritos durante cinco minutos.

Muchos piensan que las segundas partes nunca fueron buenas, pero hay excepciones. Personalmente disfruto mucho más ‘Mi vida con ellas 2’, aquí, otra vez se narran historias de amor tocando todas sus caras.

Incluye la poesía de Joaquín Sabina dentro de ‘Llueve sobre mojado’ en la voz solitaria de Fito Páez, ‘Cerca de la revolución’, una composición de Charly García cantada en su compañía y la presencia de Luis Alberto Spinetta en el momento de cantar ‘Las cosas tienen movimiento’.

En esta parte del álbum está la canción ‘Polaroid de una locura ordinaria’. Aquí se habla abiertamente de una mujer rebelde que se ríe de sus desgracias, de su sangre y que con todo ese desparpajo impresiona a Fito Páez. Esta canción hace que al mirar la caratula del disco me pregunte cuál será de esas mujeres con plumas en la cabeza, ‘la loca’ protagonista de esa historia.

La canción que finaliza todo este cuento de mujeres importantes, de mujeres claves e inspiradoras es  ‘Mariposa Technicolor’, la que quizá, es la más conocida de la enorme carrera del rosarino.
Este es el broche que cierra una recopilación de temas que es apertura de la mirada del público, le otorga un rostro a las musas que aportaron al nacimiento de esos clásicos colmados de sentimiento, que fueron gestados en la imaginación y garganta de un hombre que desde su inicio, hasta hoy, ha logrado hacer que estas canciones sean la banda sonora de otras vidas, compartidas al lado de muchas otras mujeres.

jueves, 4 de octubre de 2012

El convencimiento de ser periodista, el convencimiento de ser mujer.

Foto cortesía Catalina Ruiz - Navarro.


No recuerdo de qué manera llegué un día a una crónica de la revista Soho, llamada ‘Una mujer prueba seis condones’ escrita por Catalina Ruiz–Navarro, pero inmediatamente la gracia y la manera tan directa de hablar de la columnista llamó mi atención, quise conocer más su trabajo y gracias a Google conocí su blog catalinapordios.com.

Catalina es barranquillera, columnista semanal de El Espectador, filósofa, artista visual y maestra en literatura. Su blog y sus escritos demuestran la visión de una mujer libertaria, espontánea, que con sus textos siempre respalda a la mujer y los derechos que todos los colombianos tenemos, aunque muchas veces obtenerlos sea una lucha constante.

Por su formación, escribir acerca de estos temas es para ella un encuentro con su trabajo, una oportunidad de poder expresar su pensamiento y visión del mundo frente a situaciones que vive el país y que aprueba o rechaza, sustentado siempre con argumentos serios que demuestran la amplitud de sus conocimientos, pero nunca dejando de lado esa chispa y ese toque irreverente que la destaca aún más.

De igual forma se atreve a dar su opinión frente a sucesos nacionales que tal vez no son de su total dominio, pero que para ella representan un reto y un cambio en su dinámica de escritura, exigiéndose mucho más, y así como ella lo dice “saliéndose de su zona de confort”.

Para cualquier periodista, llegar a un medio nacional tan conocido como es el periódico El Espectador, debe ser todo un triunfo y mucho más si se gana el espacio y la oportunidad de ser publicado cada semana. Llegar a ese punto no es simple suerte o palanca, como muchos lo piensan, para Catalina Ruiz–Navarro esto fue cuestión  de perseverancia, astucia y creatividad, permitiéndole entrar al medio.

Es así como nació su blog catalinapordios.blogspot.com, en donde empezó a publicar escritos cada semana, que además enviaba al editor  del reconocido periódico, y aunque muchas veces no le contestaban nada, siguió enriqueciendo su espacio web, consiguiendo resultados seis meses después cuando el editor le ofreció la columna.

Los textos de Catalina y su blog se centran en los acontecimientos de la actualidad dando su punto de vista, pero a la vez trata de dar voz a las minorías, protestar contra la intolerancia. Su visión de mujer, filósofa y artista de mente abierta hace pensar a sus lectores y la convierte en toda una activista presente no sólo en las letras o en el papel, sino que  junto con demás personas ha impulsado campañas y protestas contra esos entes del estado o acciones públicas que condenan la diversidad, los derechos de la mujer y la ‘soldadura’ extraña entre la religión y la constitución que últimamente declaran algunos miembros del gobierno.

Además de esto Catalina es la directora del proyecto Hoja Blanca, publique sin palanca, el cual inició como una revista y hoy es una ONG que busca dar a conocer nuevos talentos del periodismo, la fotografía y productos audiovisuales, defendiendo la libertad de expresión y causas como las nombradas con anterioridad; abriendo convocatoria pública dos veces al año, para así enriquecer su sitio e impulsar gente nueva.


Ser periodista implica enfrentarse con críticas y saber aprovecharlas, mucho más cuando lo que se escribe es totalmente subjetivo, como en las secciones de opinión, por esto el estilo de la barranquillera podría resultar para usted igual de llamativo, directo y representativo como es para mí, pero como en la variedad está el placer, puede que los lectores no compartan esta opinión y es posible que  muchos crean que sus temas son muy serios o que el punto de vista frente a estos sea totalmente adverso al de la columnista.
Es importante y enriquecedor conocer los nuevos periodistas del país, informarse a través de medios diferentes a la televisión y saber qué opiniones frente a la actualidad existen en el medio. Catalina Ruiz–Navarro representa una percepción diferente, una Colombia vista con los ojos de mujer independiente, con un toque picante y una palabra directa que pueden llegar a hacerlo pensar, leer e incluso convencerlo de decidirse a escribir.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Pensamientos que pesan y sentimientos que liberan. Una historia que vale.


Existen momentos de la vida que son insoportables, que son pesados y también, los que nos dan una ligereza soñada en los instantes de mayor desespero y duda. El amor nos puede otorgar todas esas sensaciones, esos estados, esas vivencias, aunque si usted aún no cuenta con la fortuna, para muchos, o ese infortunio, para otros, de enamorarse, un buen libro le puede hacer sentir esos diversos cambios y sentimientos, convertirse en otra persona e incluso, tener una perspectiva diferente de la vida.

‘La insoportable levedad del ser’ es un libro escrito por el checo Milan Kundera y publicado en 1984. Esta es una novela que plantea diferentes situaciones románticas en un escenario político complicado; exponiendo formas de amar y personalidades distintas y cómo los sentimientos evolucionan, llegando muchas veces a unir la narrativa de ficción con la filosofía, dando origen a frases poéticas selectas que conmueven y llenan de emoción.

Este libro llegó a mis manos por curiosidad, por aburrimiento y por querer hacer algo diferente en unas vacaciones; esto puede ser una casualidad, uno de los términos más utilizados en sus páginas, pero sus historias han abierto mi mente y quizá por esto, esta recomendación tome un giro más personal.

El amor es un sentimiento variante, que depende de quien lo sienta, que nunca es igual, que puede recorrer muchos caminos, detenerse, morir, renacer, mutar, ser despertado por muchas personas  y que se alimenta mucho de las rutinas de la vida, del pasado individual y de las experiencias construidas a través de los años.

De esta forma, Tomás, Teresa, Sabina y Franz, los personajes principales de esta obra de la literatura moderna, van demostrando quienes son y por qué aman como aman; construyen relaciones entre ellos que pueden llegar a ser pesadas, a ser tan leves como una pluma y crean rituales y metáforas poco comunes, como mostrar el alma como si fuera un marino saludando en el momento de llegar a la costa, usar un sombrero extraño a la hora de hacer el amor, sentir las casualidades como pájaros sobre los hombros y el sufrimiento como llevar un zapato distinto en cada pie.

Para mí, esta novela ha traído grandes enseñanzas, la he leído en el amor y en el desamor, evaluando mis actitudes, el destino, el futuro, el pasado y le he encontrado muchos matices que me han hecho pensar, reír, llorar y conmoverme de una manera tan profunda que hoy decido escribir sobre ella y convertirla en un recomendado, en una historia que, creo, todos debemos conocer.

La vida es algo leve, por eso fluye con facilidad; los sentimientos, las creencias, los conocimientos y las experiencias le dan el peso, este es el que nos hace más humanos, con los pies más cerca a la tierra; sin embargo esto, a veces, puede llegar a ser insoportable. Las frases de un libro pueden darnos grandes consejos y regalarnos un peso liberador, algo que nos hace recapacitar y pensar, y, al mismo tiempo elevarnos, permitiéndonos sentir con más inteligencia, menos temor y más seguridad a la hora de amar, a la hora de vivir.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Métodos para escribir un libro malo y perder la cabeza viendo una película.



Para escribir muchos necesitan estar a solas, en un lugar apartado y silencioso; esto puede hacer parte de la técnica, del poder de concentración o, simplemente, del gusto de escucharse a sí mismo en medio de la nada.

Un lugar apropiado para quienes tienen esta preferencia podría ser un hotel lujoso, vacío y aislado durante el invierno de 1980 en las montañas de Colorado, con todas las instalaciones a disposición de su imaginación; haciendo de este el lugar perfecto para escribir una obra maestra, pero también, el lugar en que fácilmente se pueden perder los estribos y sacar al homicida que lleva dentro.

Lo anterior es el argumento de la película ‘El Resplandor’ de 1980, dirigida por Stanley Kubrick (‘La naranja mecánica’) y basada en el libro homónimo de Stephen King, conocido por sus múltiples novelas de terror y suspenso.


Recuerdo que esta película la vi de niña, pero me impactó de verdad cuándo un amigo me la regaló y la volví a ver a los 17 años. Quise verla, principalmente, por Jack Nicholson, el guasón clásico que en esta cinta encarna al desesperado personaje principal, quien coincidencialmente también se llama Jack. Este es un hombre de mal humor, cejas expresivas y afanado por escribir una novela difícil, que todo el tiempo esquiva la tinta y el papel, y termina convirtiéndose en la locura fatal de correr de manera amenazante con un hacha.

De esta manera, el hotel deja de ser el apacible hogar de una familia y se convierte en una zona de peligro para Wendy (Shelley Duvall), la esposa ingenua y para Danny (Danny Lloyd) el hijo que a través de visiones, y de su amigo imaginario Tony, descubre los secretos macabros de su nueva vivienda y predice las reacciones violentas de su padre, las cuales hacen que la actividad de la noche final sea correr desesperadamente para salvarse la vida.


Es así como el suspenso toma forma, a través de la nieve, del encierro, y de andar en triciclo sin un destino fijo, de un laberinto, de una historia que se repite en un sitio siniestro y del rostro del invitado principal de una fiesta de los años 20 anunciando su regreso tras las astillas de una puerta a punto de ser derrumbada. El Resplandor es una película que logra captar la atención de quien la ve con su maravillosa banda sonora que, con sutileza, anuncia que no todo va a estar bien;  sus movimientos de cámara innovadores hacen que el espectador huya también del demente esposo corriendo por los pasillos para evitar una muerte segura, sintiendo el aliento del asesino respirarle en el cuello y viendo a la oportunidad de salir con vida alejarse cada vez más.

Por esto, este clásico del cine es el recomendado de esta semana, una película que a muchos les abrirá la mente para escribir algo, tal vez ya no deseen estar a solas y permitan que un amigo imaginario les ayude a desarrollar nuevas ideas, sin embargo, para escribir una historia como esa siempre hará falta un poco de locura, un poco de miedo y tomar el riesgo de pasar dos horas y unos cuantos minutos temiendo por la suerte de una familia extraña y por la de un libro ajeno en proceso.

martes, 4 de septiembre de 2012

domingo, 29 de abril de 2012

No me oía, pero me hablaba.

Para Elizabeth Lopera, Eduardo Trujillo y Miguel Ángel Rojas.

Lo conoció en el segundo año del bachillerato, él siempre había estado allí, su nombre ya era conocido, su cara también, pero ese día empezó a verlo más íntimamente, a conocer esas palabras encantadoras que la hicieron soñar, sufrir y sentir una satisfacción mágica, la satisfacción de leer.

Ella se acercó por obligación, sin embargo  era una orden tentadora; poder instruirse en cuanto a letras, literatura y escritura con el hombre perfecto para despertar todos los sentidos de disfrutar una historia.

Al verlo por primera vez se sorprendió, esperaba que fuera un poco más fornido, pero se presentó delgado y profundo, con palabras claras e historias atrayentes, las cuales se convirtieron en su adicción y él en un amigo, que aunque le hablara de muerte y suspenso la tenía atrapada, consternada y hacía que tantos cuentos que escribía en sus ratos libres tomaran nuevos caminos, cortando al ras ese miedo de hablar de sangre, odio y amor.

Después de ese cuento loco, de tardes enteras de conversaciones en la soledad de su habitación, vino una nueva historia que escuchar. Ella deseó que esta vez pudieran hablar de amor más directamente, él acepto y volvió a su lado.  El tiempo había pasado, lo encontraba un poco más grueso, más serio y decidido e inició un nuevo relato. Le contó acerca de un tipo con un nombre vestido de flores, sufriendo por amor y envejeciendo rápidamente. 

De esos días, recuerda el vestido amarillo que él siempre llevaba, que a pesar de verlo tan gordo esta vez, nada importó, quiso correr a sus brazos de nuevo, estar ahí y seguirse enamorando de esas palabras inspiradoras.

Siempre que se vieron por esta época fue por recomendación de los profesores de ella, quienes confiaban y seguro aun confían en él, dejando en sus manos la capacitación extra para leer, contar, escuchar y escribir.  Ella esperaba con ansias y con mucha decisión escogerlo ante todo, escucharle esas palabras tan reales, sensibles y humanas que salían de su boca, que corrían en forma de letras en las hojas de libros famosos y que lograban abrir su mente, darle forma a personajes sin rostro y edificar las siluetas de todas esas ciudades reales que le faltan por conocer.  

Sentirlo cerca era un placer, ella quería saberlo todo y él no sentía temor de confesar experiencias propias y ajenas; reían, lloraban y juntaban apreciaciones, aunque ella se debatiera cada noche con el miedo de contarle algo propio alguna vez, para así saber si sus historias eran dignas de ser relatadas.

Él continuó metiéndosele por los ojos, con cuentos cortos ambientados en la costa Caribe colombiana, reviviendo su acento y muchas de esas palabras que por la distancia de su tierra había dejado de usar; esa costa de sol picante y calles polvorientas.

La llevó al viejo continente con un vestido blanco e historias que se confundían entre realidad y ficción acerca de una Europa clásica y bella, de estaciones marcadas y crudas, especificándole detalles que hacían que ese mundo que él ya había visto y que conocía de memoria, se construyeran como una casa donde residían doce forasteros con rosas entre las manos.

Pasaron los años y esos profesores que poseían este método tan encantador para enseñar y que hicieron que ella cayera en los brazos de él todas las tardes también pasaron; ya no había excusa para verlo y quizá la edad y esas nuevas aficiones que vienen con la adolescencia, hicieron que se alejaran. Sin embargo siempre lo recordaba, aunque seguro él a ella no.

Los años fueron veloces, ella cambió de ciudad y obtuvo nuevas ocupaciones, volvió a tomar clases y un día uno de sus profesores lo nombró. Su alma se exaltó, recordó esas tardes de soñar despierta en sus manos, se llenó de curiosidad y de ansias, quería verlo otra vez, escucharlo hablar y que le contara, por fin, esa historia que lo había hecho tan famoso en el mundo.

El día que por fin se volvieron a ver se miraron con alegría, él le sonrió con sus labios y ojos amables, ella lo vio bello como siempre, aunque se le notaran los años y estuviera un poco descuidado. Había cierto silencio nervioso, pues ella sabía que esta vez terminaría la espera por conocer ese cuento tan célebre y se preguntaba si sí quedaría tan maravillada como se suponía la dejarían esas palabras.

Inició la charla, volvió la sensación de ese encanto conocido, cada vez le hablaba de más gente, de hielo y de hamacas; de una familia numerosa, como la de ella, quizá le estaba hablando de su propia familia, pero prefirió no preguntar mucho como siempre y darse al placer de estar con él una vez más.

El polvo naranja de la calle costeña volvió a volar, los nombres poco comunes de los personajes se repetían y se contrastaban con el nombre común, conocido e importante de quien le hablaba con tanto detalle y esas frases se convirtieron en un refugio y en un mundo paralelo invadido por sucesos trascendentales y amigos de apellido Buendía.

La última sesión de esta historia se dio en una de las pocas esquinas de sombra de ‘Macondo’, ambos llevaban atuendos frescos para evitar el calor y se abanicaban con hojitas secas. Ella sentía mariposas amarillas en el estomago por conocer el final de la historia, pero a la vez tenía mucha nostalgia de dejar el pueblo, de despedirse de él y de esa novela compleja y atrapante que había escuchado en esa ocasión.

Él le habló despacito, le recordó datos básicos, la llevó de la mano por el pueblo hasta que la embarcó en la última página con camino a la realidad, a su cuarto de paredes de ladrillo barnizadas. Le dijo que había disfrutado de su compañía, acordaron que se volverían a encontrar y la apuró a irse antes de que el pueblo desapareciera. Ella se fue y pudo ver desde lejos como la nube de polvo se llevaba a ‘Macondo’ y a su amor en una espiral; cerró el libro, se sintió feliz, lo extrañó un poco y supo que las letras de él siempre estarían allí y también, supo que era tiempo de que ella misma empezara a contar.
Camila Caicedo. Abril 2012.